INDIANA JONES Y LA ULTIMA CRUZADA (I)

Por... Martín López Torrens

Chof, chof, chof. Pero, ¿que no sabéis quién soy?. ¡Cómo os atrevéiiiis!. Yo soy el grande, el magnífico Indiana Ca-Jones y hasta James Bond besa el suelo por el que piso.

Ese chof, chof, chof del principio se debe a que acabo de llegar del rescate de la Cruz de Coronado, joya que perseguía desde mi tierna y acnética juventud. Por desgracia acabé con un gran chapuzón en pleno Atlántico y la forma de cómo he llegado hasta mi universidad de Barnet en New York New York it's a beautiful town se lo preguntáis a Spielberg.

La cuestión es que aquí estoy dispuesto a correr y a pasar mil aventureras perrerías. Tras cambiarme tan húmedo atuendo por un traje de entrenamiento me lié a mamporrazos con el entrenador de boxeo, para ponerme en forma. Tras un pequeño entrenamiento, me cambié de ropa de nuevo y me dirigí a mi despacho.

Allí me encontré con toda una jauría de alumnos que dejaron a mi secretaria Irene al borde de un ataque de nervios. Gracias a Dios que llegué en el momento justo en que mi secretaria se apuntaba a la sién con un revolver e impedí el suicidio. Un segundo más y la insensata me hubiera dejado el despacho hecho una marranada. Y como las señoras de la limpieza están de huelga, como siempre, sus sesos y cerebelo hubieran estado adornando las paredes una eternidad.

En fin, tranquilicé a la manada de jovencitos con las caras llenas de granos y, tras indicarle a la tranquilizada Irene que anotara sus nombres en orden, entré en mi despacho. Mi despacho se encontraba como siempre, o sea, hecho un estercolero. Sobre mi mesa se encontraba amontonado el correo. Lo removí un poco y encontré un paquete llegado de Veneeeeecia, Veneeeeeecia, cha cha cha, y, al abrirlo, descubrí sorprendido que era el Diario del Santo Grial de mi padre.

Algo me indicó que mi padre se encontraba en peligro así que, saltando por una ventana, salí de la universidad dispuesto a ir a su casa. Sin embargo no pude cumplir mi objetivo pues dos tipos mal encarados se acercaron a mi y me invitaron a subir a un coche de aspecto fúnebre. Me condujeron hasta una gran mansión que pertenecía a un loco millonario llamado Walter Donovan, a quien conocía debido a las generosas aportaciones que realizaba a mi museo.

Donovan me mostró un trozo de tabla, antígua e incompleta, que describía la manera de poder encontrar el Cáliz que Cristo utilizó en la Ultima Cena. Según me explicó, existía una segunda pista encerrada en la tumba de una Caballero de la Tercera Cruzada, enterrado en unas catacumbas de Venecia y que mi padre estaba buscando esa tumba pero había desaparecido.

-¡Mi papá! -exclamé.- ¡Indy teléfono mi paaaapa!

Así que decidí ir en busca del Santo Grial y, a la vez, localizar el paradero de mi padre. Cuando por fin conseguí llegar a casa de mi padre, pude descubrir que no lo tenía mucho más ordenado que mi despacho: Todo estaba patas arriba y lo único que parecía un poco sano era una mesa sobre la que descansaba un florero. Quité el florero y el mantel y descubrí que la mesa era, en realidad, un arcón bien cerrado con llave. Más allá, la librería estaba a punto de caerse y yo, por cortesía, acabé de tirarla dejándome al descubierto un trozo de celo pegado que contenía una especie de bultito. Antes de marcharme, cogí un cuadro del Grial que se encontraba en el dormitorio de mi padre y volví a mi despacho, entrando por la ventana.

En una de las estanterías de mi despacho, recordé que tenía un frasco con disolvente así que metí la cinta adhesiva dentro y despegué el bultito que resultó ser una llave. Llave en mano retorné a casa de mi padre y abrí el arcón, donde encontré un viejo libro. Ya nada me retenía en Nueva York así que decidí darme una vueltecita por Venecia acompañado de mi amigo Marcus Brody.

Al llegar a la Plaza de San Marcos, cuyas terrazas se encontraban repletas de turistas tomando refrescos y charlando animadamente, nos recibió una hermosa alemana, con una cara de facha que no se aguantaba, y se presentó como Elsa Schneider ayudante de mi desaparecido papá. Elsa nos informó a Marcus y a mí que mi padre había desaparecido mientras investigaba algo por la biblioteca. Marcus decidió darse una vuelta por Venecia mientras yo me acercaba hasta la biblioteca para examinar el lugar de la desaparición de mi padre.

Las altas estanterias se alzaban formando pasillos y en ellas encontré tres libros de aspecto interesante: El Mein Kampf, Los Planos de las Catacumbas y Cómo Volar en Biplano. Algunas salas de la biblioteca tenían unas hermosas vidrieras y numeros romanos esculpidos en las losas del suelo. Examinando el Libro del Grial que mi padre me envió por correo descubrí el dibujo de una vidriera y un acertijo en la parte de abajo. Conociendo el aspecto de la vidriera la busqué y, al encontrarla, traté de desentrañar el acertijo. Decía así: Si quieres entrar sigue el tercero a la izquierda. (Varía de partida a partida).

La izquierda se refería a una de las dos inscripciones a los lados de la cristalera, donde estaban escritos tres números romanos. El tercero se refería al tercer número que aparecía en la inscripción; en este caso el número IX. Cogí uno de los postes metálicos que se encontraban justo bajo las cristaleras, y la cuerda roja que sujetaban, y con el poste rompí la loseta número IX, descubriendo un agujero que me conduciría a las catacumbas. Así que me dediqué a la inspección de las catacumbas, donde encontré varias cavernas y salones excavados en la misma piedra.

En la primera de ellas encontré un esqueleto con un garfio que podría serme útil más adelante. En la siguiente encontré una antorcha sujeta a la piedra con barro seco. En la otra una loseta en el suelo que me fué imposible levantar y, en la siguiente, un gran lago que me impedía continuar. En el fondo del lago pude ver un tapón que era imposible alcanzar.

Como tenía el paso bloqueado seguí con la inspección de las catacumbas hasta dar con el alcantarillado de Venecia. Salí al exterior a traves de una tapa de alcantarilla y descubrí que había ido a parar a la Plaza de San Marcos. Allí me fijé en una pareja de enamorados que se arrullaban junto a una botella de vino que podría servirme. Miré la botella y descubrí que pertenecía a un año en que la cosecha había sido pésima y así se lo hice a saber a la pareja. Les pedí permiso para cogerla y ellos aceptaron.

Con la botella regresé a las catacumbas, por la alcantarilla, hasta la caverna inundada donde llené la botella de agua y volví hasta la antorcha. Con el agua reblandecí el barro y tiré de la antorcha, haciendo que una trampilla se abriera bajo mis pies y cayera al siguiente nivel de catacumbas.

En ese nivel sólo encontré dos cavernas; en una descubrí un gran tapón en el techo, lo que me hizo suponer que me encontraba bajo la cueva anegada. Tras pasar un puente encontré unas extrañas inscripciones que resultaron ser detalles de cómo era el Santo Grial. Pero, primero, debía de vérmelas con el tapón así que le enganché el garfio y, con ayuda de mi látigo, destapé la caverna inundada.

En la última caverna de ese nivel encontré una escalera que me condujo hasta el sitio en que encontré esa loseta que no pude levantar. De allí fuí hasta la caverna que había permanecido anegada y continué con la inspección de ese nivel de cavernas. Por esos lares me topé con una extraña y prehistórica máquina que no funcionaba. Entonces recordé la cuerda roja que había cogido de la biblioteca y la usé en la máquina. Cerca de ella se encontraba un extraño volante que no dudé en girar e hizo que la máquina se pusiera en funcionamiento.

En la última caverna del primer nivel me encontré con una puerta firmemente cerrada y tres estatuas a su lado. Acudiendo, de nuevo, al Diario del Grial me informó de la combinación correcta de estatuas para abrir la puerta. Tras mover las estatuas y encontrar la combinación, la puerta se abrió y pude aceder al siguiente nivel de catacumbas.

Nada interesante encontré en esa parte de catacumbas, tan sólo otra puerta cerrada que parecía abrirse con una combinación de notas musicales. Acudiendo al Diario del Grial obtuve las notas musicales y la puerta se abrió, dándome paso al último nivel.

En ése nivel, tras un largo paseo, encontré por fin la tumba del caballero. Tras abrir el sarcófago encontré un escudo que era la segunda pista para encontrar el paradero del Santo Grial. En él descubrí que el Cáliz se encontraba en Iskerdun.

¡Bueno! El asunto que me había llevado hasta Venecia estaba concluído. Abrí el viejo candado de la verja y salí, de nuevo, a las alcantarillas y, de allí, hasta la Plaza de San Marcos donde me encontré con mi amigo Marcus Brody y a la hermosa Elsa Schneider. Marcus me informó que mi padre estaba prisionero en el Castillo de Brunwald, en la frontera austro-alemana. Le dije a Marcus que viajara hasta Iskerdun mientras yo me dirigía hacia el Castillo de Brunwald para rescatar a mi padre. Pero ésto es otra historia.