TEMPUS UMBRAE

Por... el Hispano. (Daniel Pérez Espinosa)

Capítulo 1: Una sombra sin voz.

Las pálidas estrellas de la noche hacían ligeramente visible una oscura figura encapuchada, de pie, penetrando la oscuridad con su mirada desde las suaves alturas de un cerro. Allá, al fondo, en la dirección hacia la que un viento ligero agitaba su manto, veía las luces ondulantes de una ciudad.

Con imperceptible murmullo de pasos, reemprendió la marcha hacia el último objetivo del peregrinaje de las Sombras. Espectro en la noche, susurro en la oscuridad, al cabo de un largo camino alcanzó las puertas de la ciudad. Abiertas y con sus vigilantes dormidos, eran señal de buenos tiempos, a la par que permitían el paso al Caminante.

Deslizándose sigilosamente por los caminos de la ciudad, las sombras de los calleones le guardaban de inquisitoras miradas. Tras un recho llegó a sus oídos un murmullo apagado de muchas voces, y hacia allí se encaminó, avistando finalmente una iluminada y animosa posada.

El fuego de las antorchas que pendían a los lados de la entrada vaciló ligeramente cuando la sombra encapuchada se detuvo frente a ella. Silencioso como la eternidad, el peregrino empujó la puerta. En el jaleo y la vida del interior, todos sintieron una fría y melancólica oleada invadir sus corazones, y repentinamente reinó el silencio por doquier.

El Caminante miró tristemente en derredor y escrutó los corazones de las gentes allí reunidas; mas no vió sino lo habitual: tosquedad, alegría vana e incluso ruindad más o menos profundamente oculta en los rincones de sus almas. Y sin embargo esto alivió su pesar ligeramente. Penetró hacia el interior de la ahora silenciosa posada, seguido por las asombradas o desconfiadas miradas de la gente, y se detuvo frente al amdrentado posadero, el cual intuyó, de una manera que escapaba a su entendimiento, lo que aquel sombrío extranjero quería.

Intentando sonreir, pero sin lograrlo al no alcanzar a ver el inclinado rostro que se ocultaba entre las sombras del capuchón, el gordo posadero le hizo seña de que le siguiese, y avanzó, temeroso, hacia las escaleras. A medida que las oscuras pisadas del extraño ascendían por los peldaños, las voces entre las mesas volvían a surgir.

El posadero abrió una de las puertas del piso superior, mostrando una austera habitación. apenas se atrevió a balbucear el precio por día, y cuando la sombra entró suavemente en el cuarto, se apresuró a desear entrecortadamente unas buenas noches y a marcharse escaleras abajo, al recién retomado bullicio.

El Caminante cerró la puerta, confundiéndose entre las sombras del interior. La gente ya se iba olvidando de él, y tras unas horas la posada se olvidaría de ellos, reposando al fin en silencio.

Un nuevo día amaneció, y Gurunnar, pues así se llamaba esta ciudad, volvía nuevamente a la vida. Sus calles desperezaban mientras la gente comenzaba a pisarlas en todas direcciones, y las casas, comercios y posadas abrían sus puertas y ventanas al agradable frescor de la mañana. Numerosas personas se movían ya, como hormigas atareadas, de aquí para allá, y los campos comenzaban a labrarse con energías renovadas.

Con el paso del día, nuevos extranjeros llegaban a la ciudad, y junto con ellos noticias de sitios lejanos. Ese día, la mayoría de los viajeros contaban lo mismo: el Sello del Emperador había sido roto una semana atrás, allá en la lejana Víncitor. Nadie sabía quién ni cómom pero a ninguno le alegró la noticia, ni mucho menos. Según pensaban unos, se trataba de uno de tantos falsos rumores que se extendían como epidemias, y volvían a lo suyo sin preocuparse más. Otros, sin motivos para desconfiar, bien sentían inquietud o temor, sobre todo porque no sabían cómo podía repercutir aquello en su ciudad, bien restaban importancia al asunto, dada la lejanía de Víncitor. Y para los menos, para los más viejos, que recordaban antiguas leyendas sobre el Sello de la Oscuridad y sobre cómo el emperador Llodwin lo había cerrado, largos siglos atrás, era motivo más que suficiente para prepararse para tiempos difíciles.

Había opiniones de todos los tipos, mas ninguno entendía el profundo y aterrador significado de aquello. Una fría corriente de aire hizo estremecerse a más de uno en la plaza. Una corriente que, invisible, entró por una ventana del segundo piso de la posada y pronto se convirtió en un retazo de oscuridad bajo el que asomaba cierta apariencia humana. Y así, el Caminante tuvo que seguir esperando, pues su Momento aún no se veía llegar.