GRANDES RELATOS

TEMPUS UMBRAE

Capítulo II: En las sombras vivimos...

Sin duda, la luna más aterradora es la de invierno en una noche despejada. No hay paseantes por la calle, y a los enamorados no les parece romántica, pues el aliento se hiela y el cuerpo se queda congelado al contemplarla, como si una montaña de nieve se instalase dentro de él. En esas noches gélidas de luna llena el silencio es total; los perros no se atreven a ladrar, quizás temerosos de atraer la atención de alguno de los demonios que, en esas noches, se pasean libremente por las calles; las madres arropan bien a sus hijos y cierran firmemente las contraventanas; los granjeros aseguran bien los cierres de los establos, y todos, todos, se duermen muy arrebujados entre las mantas. Durante años esto ha sido una práctica supersticiosa en el Imperio de Aquitannia y, hasta esta noche, en la ciudad de Gurunnar. Pero sólo hasta esta noche era simple superstición.

Eran cerca de las dos de la madrugada de una de esas noches de invierno y de luna llena. Un joven volvía furtivamente de la casa de su amada. Ocupado arreglándose las ropas y protegiéndose bien del inclemente frío del invierno, atajó por un callejón estrecho que ya conocía de memoria. Pero al girar se golpeó con un obstáculo imprevisto que le hizo retroceder unos pasos y lanzar un par de maldiciones apagadas.

-Deberías mirar por dónde andas, jovencito.

Era la voz del tipo con el que había chocado; una voz firme y potente, y un tanto socarrona, que no produjo eco en el callejón.

-Y usted no debería meterse donde no le llaman -contestó el joven.

Al tiempo que se arreglaba la capa descolocada miró al extraño, e instintivamente retrocedió unos pasos, movido por la repulsión. El tipo era un mendigo, con ropas rasgadas y muy viejas, de un color marrón como la tierra; calzaba unas oxidadas botas metálicas que seguramente tendrían incontables años, y su cara y su pelo estaban sucios como si se hubiese revolcado por el barro. El cabello, corto, estaba desgreñado y de punta, causándole extrañas sombras en la cara a la luz de esa fría luna de invierno.

-¿Ocurre algo? -el extraño acercó más su cara a la del joven, que se había quedado pálido. Los ojos marrones del vagabundo, secos como los de un muerto, parecían penetrar hasta el alma de éste.

-N...Nada. ¡Déjeme pasar! -consiguió farfullar y, apartando al alto extranjero, se alejó a marchas forzadas.

Aún oyó su extraña voz a lo lejos, deseándole que pasara una feliz noche, y después una risita socarrona que le dio ganas de volver y romperle la cara. Pero cuando el joven se giró, el tipo de marrón ya no estaba. Se dio prisa en volver a su casa. Entró por el balcón trasero para no despertar a sus padres y, una vez en su habitación, respiró aliviado. No le daba buena espina ese tipo, podría robar en cualquier casa. Confiaba en que no le hubiese seguido. Al quitarse la ropa, se dio cuenta de que un jirón de los harapos del mendigo se le había quedado enganchado; lo tiró por la ventana, con un gesto de asco.

Esa noche, noche de luna llena de invierno, cuando los demonios salen de los infiernos a recaudar las almas que les han sido vendidas, el joven tuvo una pesadilla. El trozo de ropa del mendigo reptaba por la pared de la casa, soltando un rastro de mugre a su paso; se infiltró por debajo de la ventana y saltó al interior de la habitación donde dormía. El cuarto se llenó de polvo, haciéndole toser. El jirón reptó a lo alto de la cama, y las sábanas y mantas se volvieron de su mismo color, marrón como la tierra. De debajo de las mantas salieron dos manos llenas de sarpullidos que le sujetaron mientras el trozo vivo de tela se subía encima de él y se acercaba a su pecho. El joven chilló de dolor cuando el jirón abrió una brecha en él y se adentró hacia su corazón, comiéndoselo e implantándose en su lugar. Una risa socarrona flotaba en el aire.

Por fin llegó el amanecer de lo que, para muchos, había sido la peor noche de sus vidas. El joven se levantó; le dolía el pecho, y no recordaba apenas nada de lo sucedido desde que salió de la casa de su amada. Había poca luz para esas horas de la mañana; parecía como si el cielo estuviese nublado y, sin embargo, no alcanzó a ver nubes. Al llevarse la mano a la cara se alarmó; no recordaba haberse estado revolcando en el barro. Se la lavó y fue a preparar la bañera. Todo estaba muy silencioso; no sabía donde habrían podido ir sus padres, y no escuchaba jaleo fuera. No obstante por la posición del sol, que por cierto hoy se asemejaba más a la pálida luna, ya era tarde. Por fin tuvo listo el baño. Era increíble, todo su cuerpo estaba manchado de barro. Entró en la bañera, y el agua se ensució enseguida. Trató de relajarse y ordenar sus ideas. Seguía sin oír ningún ruido. ¿Qué estaría pasando? Volvió la vista a la bañera y, asustado, saltó fuera. ¡No podía ser! ¡Se estaba deshaciendo! El agua estaba llena de una cantidad enorme de barro. Tocó su piel. ¡Se deshacía! ¡Dios! ¿Qué le ocurría? Llamó a gritos a sus padres, poniéndose apenas unos pantalones. No contestaban, y no los encontró por ninguna parte de la casa. Bajó al establo, con la intención de coger un caballo y salir corriendo a buscar ayuda. Pero se quedó horrorizado en el umbral. Estaban allí... estrangulados. ¡Y con barro en sus cuellos amoratados! Con un grito espeluznante que le quebró la garganta salió corriendo por las calles desiertas de la ciudad. A pesar de ser de día, antorchas encencidas pendían de los muros de las casas. Después de mucho correr, se encontró frente a la casa de su amante. Golpeó frenéticamente en la puerta, y vio encenderse luces dentro. ¡Dios Santo! ¿Cómo podía ser? ¡Si era de día! Intentó gritar el nombre de ella pero ya no podía hablar, sus cuerdas vocales de barro estaban rotas. La puerta se abrió, y apareció el padre de la chica en ropas de dormir y con una antorcha en la mano. El joven no lo entendía. Aunque estaba nublado era de día. ¿Por qué estaban todos durmiendo? Pero el hombre, nada más verle, se puso a gritar con tanto terror que el pobre muchacho salió corriendo sin poder responder a sus propias preguntas. Otros vecinos se asomaron, todos con ropas de dormir. El joven se perdió entre los callejones, mas ninguno estaba oscuro como para poder ocultarse. Al fin encontró uno, perdido entre negras sombras, y se acurrucó allí. Sin embargo no era una sombra normal. El joven sintió en su cada vez más embotada conciencia una presencia, oscura e intemporal, que le observaba y le compadecía en silencio. Y tuvo miedo; tenía que huir de ella. Corrió torpemente con su cuerpo de barro, deformado por el agua y por el contacto de sus manos. Y tras unas horas ya no sabía quién era y por qué corría. Al girar una esquina se encontró con un tipo alto, de sonrisa socarrona, vestido de marrón, muy sucio y mugriento, con los ojos marrones y secos, que apoyó la mano en su hombro de barro y le dio la bienvenida.

-Bienvenido, criatura de la oscuridad, mi criatura. A partir de ahora, tu elemento es la noche, y tu creador yo. Ven reúnete con los demás seres de barro que, al igual que tú, han acudido a su amo.

El Hispano